Frente a la muerte del llamado Rey del pop, Michael Jackson, es inevitable reflexionar sobre su figura y lo que hay detrás de ella. Por supuesto, llama la atención que es el segundo "rey" que muere en abierto declive de su carrera y cuya popularidad si bien menguada, parece haber despertado tras su muerte. El otro "rey" fue, por supuesto, Elvis Presley, el Rey del rock. La muerte de ambos en circunstancias no muy claras son reflejo de la insaciabilidad de una industria, la discográfica, que incluso en la hora de la muerte, se llena de ingresos merced el dolor, real o epidérmico (qué más da), de los seguidores del fallecido. Tanto Presley como Jackson (unidos no sólo por la trágica muerte y una hija que los vinculó carnalmente) reprresentaron lo más alto a lo que puede llegar un simple mortal con un poco, muy poco por cierto, talento. Las cantidades de discos vendidos por ambos artistas demuestra por qué tanto otros artistas se conforman con tener un sencillo de éxito internacional. Con eso basta para vivir el resto de su existencia sin tener que dar golpe.
Pero la muerte de Jackson, por cuan trágica se quiera ver, y por cual ridículos comentarios de presidentes (como nuestro egregio asno-presidente Calderón) pueda dar a lugar, debería llamarnos a reflexionar en torno a la actividad que, sin falsa modestia, hacemos muchos en páginas como esta. Porque quien falleció fue un individuo que alimentó a las grandes empresas discográficas que nunca se saciarion de exprimir al "rey del pop". Y es un hecho que el otro ícono del pop vivo que queda de esa generación, Madonna, está muy lejos de haber lanzado por la borda su carrera, y por el contrario, es un ejemplo, en el otro extremo, de alguien que ha sabido lidiar con las grandes casas discográficas (algo que Jackson no supo hacer) y aprovecharse también de su propia figura y de la insaciabilidad de aquéllas.
Jackson creó un imperio que no supo ni pudo disfrutar, y fue víctima no sólo de sus propios temores e ignorancia, sino de las ambiciones que, indudablemente, lo rodeaban. El paralelismo entre la muerte de Jackson y la de Presley es tan similar en los detalles, que se puede afirmar que parece asistimos a una suerte de déja vu, como si ya hubiésemos vivido este episodio. La ambición tanto al nivel empresarial (casas disqueras que no ven la hora de saciar sus gargantas pantagruélicas) como individual (los moscardones que rodean al artista sólo para ver cómo sacar provecho) sólo hacen poner de relieve el absoluto desinterés por las necesidades de quien proporciona la riqueza y el bienestar. Porque no cabe duda que si la riqueza de alguien que vendió más de 700 millones de discos durante su carrera (y más de 100 millones del célebre y excelente Thriller) es inmensa, esa riqueza es mucho menor a la que esas disqueras amasaron merced las monstruosas ventas de discos, pues siempre el artista se lleva un porcentaje mínimo de las ventas, en comparación con lo que la casa disquera se lleva.
Sí, el rey ha muerto, pero no fue solo una cuestión de drogadicción, como apresurada e idiotamente afirmó Jelipito Calderón (a lo mejor quiere que lo citen como quien descubrió el agua tibia). Aquí la ambición desmedida de las disqueras jugó un papel de enorme relevancia, aunque nadie hablñe de eso en los medios de comunicación, ni Televisa ni TV Azteca (ni seguramente las televisoras de otros países), porque en el fondo todos los medios esperan su oportunidad para abbrir las fauces y engullir una parte de ese mercado ingente que está esperando a tantos adolescentes que apenas saben sus nombres, pero que están dispuestos a comprar toda clase de ediciones y memorabilia en torno al "genio" y al "más grande músico de todos los tiempos".
Nos corresponde, a quienes sostenemos estas páginas, y a quienes las visitan y hacen posible, oponernos a tal abuso internacional, que supera incluso a la muerte, y sigue hinchándose de ganar dinero. El rey ha muerto, ojalá no haya más reyes que esperar.

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