Probablemente ningún músico ha definido la forma en que hoy escuchamos la música clásica tanto como lo ha hecho Nikolaus Harnoncourt. Y probablemente ningún otro músico o director de orquesta (con muy pocas excepciones, como Glenn Gould o Sergiu Celibidache) ha despertado tantas pasiones y abiertas aversiones como las que aún hoy él despierta. Fundador de la polémica tradición de la interpretación historicista (que podría llamarse igualmente filológica), llamada usualmente con instrumentos originales o de época, lo cual significa transformaciones insólitas tanto de tempo como de afinación y texturas, entre otras muchas cuestiones, aquella aventura iniciada hace ya casi 60 años con un grupo de colaboradores que eran vistos tanto como pioneros como extravagantes, terminó por imponerse en el gusto de millones de melómanos y hoy es prácticamente el estándar en el mundo de las grabaciones. A Harnoncourt le tomó más de medio siglo llegar del barroco al clacisismo, y grabar en 2003 su primer ciclo de los conciertos para piano de Beethoven, casi una década después de haber grabado su afortunadísimo ciclo de sus nueve sinfonías. El resultado es en verdad asombroso. Por supuesto, la grabación no tiene desperdicio, y probablemente la única observación es que ésta no debería de ser la primera opción para un melómano que desee acercarse a este notable conjunto concertante, sino que se trata de una versión para melómanos ya experimentados, que conocen, y probablemente se los sepan de memoria, a la perfección, estas obras, pues si no podrían llevarse una menuda sorpresa, y no tendrán un parámetro adecuado para medir su experiencia auditiva. En otras palabras, estamos ante unas versiones absolutamente deslumbrantes y desafiantes al mismo tiempo, como prácticamente suelen ser todas las interpretaciones de Harnoncourt.

Por principio de cuentas, tenemos una sorprendente conjunción de artistas que aportan a esta interpretación sus muy particulares visiones estéticas. Por un lado, tenemos a un pianista como Pierre-Laurent Aimard, quien se ha especializado en el repertorio pianístico del siglo XX, lo que significa que nos ofrece una interpretación que parece dirigir a Beethoven hacia el futuro, como una suerte de precursor de algunos de los más notables compositores del siglo XX, como Béla Bartók, por ejemplo; por el otro, tenemos a Nikolaus Harnoncourt, quien dedice recurrir a la Orquesta de Cámara de Europa, y nos ofrece unas versiones orquestales que parecen dirigir la mirada hacia el pasado, sumamente íntimas, por momentos como lo que históricamente sabemos que en ciertos momentos y aspectos Beethoven fue y es: un deudor del pasado, de Mozart, de Clementi, de Haydn, por ejemplo. Esta conjunción de perspectivas musicales da por resultado un Beethoven totalmente distinto a cualquier otro antes grabado o interpretado. Un Beethoven que se coloca en ese mismo interregno que fue su Sinfonía Heroica, aquí delimitado o circunscrito a su intrumento de cabecera, el piano. El resultado es asombroso y desafiante, como probablemente no he escuchado antes otro Beethoven. Un Beethoven que, por otro lado, bien vale la pena escuchar. Límpido, transparente, insólito, por momentos íntimo y en otros violento, como el águila bifronte del Imperio Austrohúngaro, mirando tanto de dónde viene y de quiénes es deudor, como a dónde se dirige y a quienes parece preludiar. Me recuerda, toda proporción guardada, un poco, la lectura de Ivo Pogorelich de Mozart como precursor tanto del propio Beethoven como de Schubert y Chopin.
Los cinco conciertos fueron grabados en vivo, lo que le otorga un plus a la interpretación, y en el disco aparecen no el orden consecutivo que se les atribuye, sino en el que fueron realmente compuestos: 2, 1, 3, 4, 5. Por otro lado, la conjunción de Aimard y Harnoncourt resulta sumamente agradecible por cuanto en estas intepretaciones hay numerosas y significativas alteraciones de los tempi, pausas inesperadas, momentos con brio que no tienen tanto brío como otras versiones, y sin embargo quien ya conoce o conozca las obras no podrá menos que sentirse o incómodo o sorpredndido por la frescura de la interpretación, pues da la auténtica impresión de ser una música no sólo que acaba de ser compuesta, sino que de hecho está sucediendo por vez primera ante nuestros oídos. El sonido de la orquesta es notablemente amplio, pero nunca alcanza el rango de las orquestas modernas, ni siquiera de las de cámara, y harnoncourt le otorga a la Orquesta de Cámara de Europa un sonido como de orquesta del siglo XVIII, mientras que el piano no suena como un piano moderno, y más bien suena prácticamente como un piano en una sala de concierto y no uno manipulado en un estudio de grabación, lo cual termina por ofrecer unas versiones afortunadísimas, transparentes y sin casi manipulación sonora de ninguna especie, o al menos así parece (lo cual obviamente no es así, pero ese es el genio de los ingenieros de sonido).
En otras palabras, creo que estamos ante una grabación que hará época, una versiones lúcidas en extremo, y sin que eso signifique que desplacen cualquier otras versiones que uno tenga en mente y en el corazón, se trata de la mejor grabación de estos conciertos de los últimos diez o quince años.